Huertos urbanos de Benimaclet: la lucha para ofrecer alternativas

La historia de los huertos urbanos de Benimaclet no es sencilla, como no lo es ninguna que implique desobediencia, iniciativa y provisión de alternativas a una vida urbana cada vez más determinada por los modernos terratenientes. Por eso entrevistar a Antonio Pérez, portavoz de la Asociación de Vecinos de Benimaclet, se convierte en un ejercicio en el que tomar notas se mezcla con el dibujo de sonrisas ante la iniciativa de un colectivo vecinal frente a la banca inmovilista.

Familias y generaciones diferentes encuentran un espacio de encuentro en los huertos urbanos de Benimaclet.
José Manuel Martín Corvillo

Todo comenzó en 2010, cuando el estallido de la burbuja inmobiliaria y la consolidación de la crisis económica constatan que las promesas del PGOU (Plan General de Ordenación Urbanística) de 1994 son ya papel mojado: ninguno de los más de 250.000 metros cuadrados adjudicados a Benimaclet parecen tener un destino claro. De las promesas iniciales de construcción de más de 1.300 viviendas a cargo del Banco Bilbao (ahora BBVA) y la promotora Urbem, por cuya abundancia de alturas superiores a los 14 pisos se presentaron innumerables alegaciones, no queda nada. Ni tan siquiera el lógico encarecimiento de una zona que carece de servicios básicos en consonancia a su población. En tiempos turbulentos, consistorio y constructora escenifican su divorcio, paralizando cualquier atisbo de renovación del paisaje urbano. Esta parada técnica, sumada a la expansión de la Universitat Politécnica de València, deja a Benimaclet sin una de sus estampas más tradicionales: la huerta.

Es en este año cuando la Asociación de Vecinos encarga a la socióloga sueca y vecina del barrio Britt-Marie Thurén una encuesta a través de la cual verificar las preferencias de los vecinos del barrio. A un conjunto de preguntas que solicitaban una respuesta en conjunto a “¿qué quieres en Benimaclet?”, el conjunto de los vecinos solicitaba dos cosas nuevas: parking y grandes superficies. Pese a la contrariedad que provocó esta respuesta, la asociación comenzó a trabajar en lo primero, y no precisamente de la manera más ortodoxa: introduciendo dos máquinas sin permiso en lo que era terreno para un aparcamiento planificado en el PGOU y solicitando cinco euros a cada vecino para sufragar la obra que albergaría 100 plazas y que hoy está ubicada al final de la avenida de Valladolid. A cambio del reconocimiento de la propiedad, el legítimo propietario de dicho solar aceptó el uso y mantenimiento por parte de los vecinos.
Ante el éxito de esta primera experiencia de ocupación de terrenos, la asociación se propuso crear huertos urbanos, diseñando en principio cuarenta y siete parcelas a través del arquitecto Arturo Sanz y logrando que el Ayuntamiento de Valencia y el Tribunal de les Aigües cediesen terreno y acequia a cambio de dinamizar gratuitamente una zona en desuso. Sin embargo, es aquí donde comienzan los problemas con la banca propietaria del terreno –el citado BBVA– y la resistencia vecinal. Ante la negativa de la entidad bancaria, que consideraba que una cesión de este tipo podría suponer un incentivo a otros casos de PAI sin concluir, los partidarios de la implantación de huertos urbanos en el barrio comienzan a llevar a cabo acciones: retirar cuentas en la citada entidad, dejar escombros de obra en la puerta de la sucursal del barrio, meter máquinas en el terreno y allanarlo, adecuar las estructuras de riego… Algo a lo que la entidad propietaria –que tenía abandonada la zona– responde con la contundencia habitual: vallando la zona y colocando guardias de seguridad las veinticuatro horas del día. La persistencia de los vecinos se hace patente: traspasan la valla y comienzan a sembrar. Algo que provoca la primera denuncia del BBVA a la asociación de vecinos por ocupación ilegal.
Movilizaciones, manifestaciones, recogidas de firmas y la creación de un huerto vertical –en las vallas– ante la imposibilidad de plantar de modo horizontal. Esas son las armas de los vecinos contra la cerrazón de los propietarios, y esa persistencia da fruto: los cuatro partidos con representación en el Ayuntamiento de Valencia firman a finales de 2011 una moción a favor de la ocupación de los huertos urbanos y el Fiscal General de Valencia emite en las mismas fechas un alegato a favor de este tipo de prácticas y en contra del desuso por parte de las entidades propietarias. Algo a lo que el BBVA no logra dar crédito cuando llama al orden a la Asociación de Vecinos de Benimaclet. Tras reunirse con el partido del gobierno, el BBVA decide finalmente ceder 5.000 metros cuadrados a los huertos urbanos del barrio a cambio, claro está, de la misma cantidad de metros de suelo edificable.

La AVV de Benimaclet alberga cursos sobre prevención de plagas y mantenimiento de los huertos.

Una historia de lucha con un final que no es definitivo, sino que advierte crecimiento en cuanto a alternativas sociales: de las sesenta parcelas originales se ha ampliado hasta cien, en la que los 10.000 metros cuadrados de parcela final son trabajados por hasta quinientas personas, incluyendo dos colegios públicos, la asociación Nueva Opción de Parálisis de Daño Cerebral, estudiantes universitarios y familias. Se han recuperado además los sistemas de riego por acequias en gran parte destruidos por la expansión urbanística de la capital, regando los huertos con la Acequia de Mestalla. Se promociona la soberanía alimentaria y el consumo de productos frescos y ecológicos, y se forma a los vecinos del barrio en prevención de plagas y mantenimiento de sus parcelas. Y, lo más importante de acuerdo con las palabras de Antonio Pérez, se está eliminando la marginalidad del barrio a la vez que se favorecen las relaciones transversales entre los vecinos del mismo.

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